Potenciar las habilidades para hacer frente al diagnóstico de un trastorno

Diagnosticar un trastorno no debe implicar:

Desde el momento que unos padres son aconsejados en el colegio o por el pediatra para buscar ayuda profesional, porque se ha observado un problema o dificultad en su hijo y creen que necesita valoración y confirmación de un posible trastorno, los padres se asustan ante este planteamiento y acuden a un psicólogo en busca de una evaluación del trastorno que les han comentado. Debemos ser prudentes a la hora de “etiquetar” a un niño o adolescente con un trastorno, pues una vez le ponemos nombre, resulta difícil verlo fuera de ese diagnóstico, esto nos lleva a pasar por alto las posibilidades y recursos con los que el niño cuenta para poder trabajar a través de ellos.

Hablando de las dificultades que el problema acarrea en el niño y el entorno…

Cuando esto ocurre, casi siempre se habla del niño en relación al problema y todo lo que este conlleva: dificultades en el niño, en el entorno familiar, en el colegio… pero ¿Dónde está lo positivo del niño? ¿Por qué no somos capaces de aceptar que tiene una dificultad sin centrarnos en ella, e intentando superarla con los recursos que cuenta? Debemos separar a las personas de los problemas.

Con esto no quiero decir que los trastornos no existan en niños o adolescentes, se trata de poder estudiar las dificultades que presentan para poder precisar de qué se trata en cada caso. La presencia de síntomas no es sinónimo de patológico, ya que algunos síntomas son parte del desarrollo normal del niño.

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“El problema es el problema, la persona no es el problema”.

Cuando un niño o adolescente acude a mi consulta de Psicología con un problema o trastorno, me gusta hablar de ello como si fuera algo “externo” para no centrar la conversación en el diagnóstico y poder hablar sin que el niño sienta vergüenza y culpabilidad. Tanto padres como hijos pueden hablar de ello a través de las capacidades y recursos del niño para hacerle frente.

Trabajar a partir de los recursos.

Si seguimos hablando de todo lo negativo que implica el problema, de cómo afecta a todos los miembros de la familia, y de cómo este les impide avanzar, conseguimos una historia saturada del problema; sin embargo cuando conseguimos hablar de cómo el niño puede enfrentarse al problema o con qué recursos cuenta para poder superarlo, conseguimos crear una historia alternativa, donde los padres toman parte activa ayudando al niño con ideas para superar el problema. Así tanto padres como hijos encuentran su espacio para ver la relación entre la persona y el problema, no desde la culpa, el remordimiento o la carga para los padres de encontrar una solución al problema, sino desde una alternativa al diagnóstico donde ampliar las opciones y posibilidades de relación entre la persona y el problema.